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domingo, 17 de febrero de 2013

Así me siento...

"Así me siento", Mar Cantón, infografía, 2008

Como un embrión eterno...
Creo que no hace falta añadir nada más.
Y ésta canción, hoy, me la dedico a mí misma, al vampiro que me habita y mantiene vivo lo único que importa y permanece en mi interior. A lo que siempre fui y seguiré siendo, incluso más allá de la muerte, incluso más allá de la muerte en vida. Vida que me fue arrebatada demasiado pronto... que suenen los tambores, que ensordezcan al universo, que me levanten del lecho marchito y velvan a salvar mi alma.

Una vez más...

Adéntrate en estos brazos de nuevo
Y túmbate junto a mi
El compás de este tembloroso corazón
Ahora mismo redobla cual tambor
Late por ti, sufre por ti
Y no sabes como suena
Puesto que es el tambor de los tambores
Es la canción de las canciones

Una vez tuve la rosa más rara
Que nunca antes se había dignado a florecer
El crudo invierno heló su capullo
Y me la arrebató demasiado pronto
Oh soledad, oh desesperanza
Para buscar los confines del tiempo
Pues no hay en el mundo entero
Un amor más grande que el mío
Amor, ay amor, amor...
aún así todavía cae la lluvia
Amor, ay amor, amor...
aún así odavía caen las noches
Amor, ay amor, amor...
sé mía para siempre
Amor, ay amor, amor...

Déjame ser el único
Que te resguarde del frío
Ahora los suelos del cielo se engalanan
Con estrellas del oro más resplandeciente
Brillan por ti, brillan por ti
Arden para ser vistas por todos
Adéntrate en estos brazos de nuevo
Y libera mi espíritu...

Dedicada al Mar...

(Annie Lennox - Love Song For A Vampire
Traducción extraída de internet)



viernes, 23 de marzo de 2012

Al Cirujano del Cielo...

 
Al Cirujano del Cielo...
 
Tras nueva caída al vacío, renací y elevando alas me lancé sin miedo al océano profundo y oscuro de las aguas que un día te prometí. Fuera del tiempo y del espacio convenido, no sé si importa, no sé si huibiera sido mejor de otro modo... al fin di a luz... al fin se acabó un parto demasiado largo, el hijo encogido en mi vientre, aullando de dolor por salir.
 
Mar.
 

Resucitar en el árido cielo de un mar exiliado del universo

de Alberto Trinidad, el Domingo, 6 de noviembre de 2011


Pataleo dentro del ataúd; la tierra húmeda filtra la saliva del cielo y la bebo. Azul, respiro bocanadas de ocaso; pataleo y agito la cabeza hasta que consigo agrietar el montón de nube que me entierra… y amanezco, rebroto, emerjo como una planta demente, huérfana y paralítica que babea un lenguaje recién aprendido.
Respiro. Me unto del tejido celeste que me acoge. Apalabro sentencias que mi mirada propala allende las narraciones.
Respiro. Sudo líquido amniótico (como escarcha moribunda) que las linternas de la noche lamen o sorben con el afán de competir (jugosas) con el cántico de los grillos (neo-sirenas terrestres). Shh, silencio… Desato las huellas de mi porvenir, las abandono en el lecho marino de mi tumba recién abandonada, y avanzo sin pasos hacia ese horizonte difuminado que la madrugada decapita. Avanzo sonriente, recién resucitado, hacia la absoluta oscuridad de lo concluido…, de lo decaído. Soy un acróbata de lo desvanecido, el prestidigitador barato que troca esperanzas en iluminaciones fugaces.
Deambulo esquelético de sentido hacia la dirección obtusa de tu cuerpo en la lejanía. Me callo, desprendo muerte y carne, vida y pellejo en este tránsito que me lleva desde mi ataúd hacia ninguna parte.

He abandonado el cementerio de palabras que bajo tierra me recitaba todo lo logrado; la tumba donde yacía derrotado y convencido. Seis años después me incorporo de este marasmo de sentido, pena, amor y delicia y alzo los miembros, como un vulgar Lázaro desaventajado que siquiera tiene el privilegio de contemplar a Cristo frente a su decrépita desnudez.

Alcanzo la orilla nublada de tus antiguas caricias. Paseo sin recuerdos sobre ese cálido manto mentiroso de silencio que dibuja sobre mi piel la condena de no volver a verte nunca más.

Muerto, resucitado tras los años, abrazado a este cadavérico osito de peluche que es mi esperma macerado en tu corazón exiliado de mí. Abro la boca como quien quisiera iniciar la conversación definitiva. Abro la boca y me trago todo el océano Atlántico. Ensayo gestos para atraerte y provoco temporales de susto sobre este mundo nuestro que desaparece.

Camino. Soy el pastor de las olas que borran los besos de los enamorados. Respiro. Soy el vendaval que destroza los hogares de los que nunca supieron alzar su mirada al cielo. El cielo… El cielo ahueca en su corazón un latido irreproducible y acomoda en él mi silueta por si acaso. Hinco mi mirada en sus entrañas; sé caminar, equilibrista, por sus bordes, sin caerme demasiado, apoyándome felino en los flecos marinos que engatusan a mis brazos. Y así, paso tras paso, me pierdo y sumerjo en esta nueva muerte sin cementerio ni tumbas que me acoge en el porvenir, lejos de tu recuerdo, de mis batallas, de la última oportunidad; allí donde mi insospechada sonrisa me espera, solazada e ingenua, tras tanto latido y suspiro. Allí donde ya no es necesario escudarse en un nuevo sueño, donde la esperanza ya no me asfixia cada amanecer orientándome la mirada hacia horizontes inasequibles…

Sí… Renazco, me invierto, sonrío sin la pena de los años precedentes, beso los labios de lo incumplido y me extiendo en esta nueva hierba donde no crece nada. «No fui lo suficientemente hombre para las mujeres…». Respiro, cierro los ojos y aguardo el fin del Universo…

de Alberto Trinidad, el Domingo, 6 de noviembre de 2011



sábado, 29 de octubre de 2011

Tras seis veranos y dos millones de años...



Me siento en la hamaca para mirar al cielo y escuchar, así me lo pide Sharli: "mientras hago café, venga, a ver cómo te sientes después", y así lo hago... al poco tratando de sentirme absorta no puedo evitar coger el cuaderno:

"En general nunca me han gustado demasiado las tardes, quizás porque hay en ellas una apacible belleza que no soy capaz de atrapar, tiendo a pensar que son "lo que queda del día"... y antes, antes no era tan "así".

Las de primavera y otoño, como ahora, siempre me hacen retornar a mi niñez esa extraña y lejana época feliz que apenas ya parece mía.

Veo edificios e imagino a sus habitantes tras las ventanas ya encendidas haciendo una vida normal, a gusto, ignoro cualquier problema que puedan tener para mi todos son libres y están contentos haciendo lo que les viene en gana... y pienso que puede que esa niña esté habitando aún tras esos edificios, quizás es por todo lo que ya no puedo, quizás ahora, las tardes me llevan más a un "nuevo final por fin" que a un nuevo principio tras el descanso de otra jornada llena de anécdotas, quéhaceres, diversión... vida.

Simplemente ver el efímero atardecer, sentir cómo decrece el ruído del día, de los coches, de las obligaciones y es sustituído por sonidos, melodías, visiones cuyo delicioso volumen aumenta... pájaros, brisa, cielo, colores, niños, juegos, autobuses de vuelta a casa... me transporta a una infancia casi onírica mientras mi actual yo sobrevive en su mayoría esperando, soportando, aguardando... como una eterna condena que empezó alguna vez.

...y sin poder "irme a soñar al fin" como antaño soñaba abrazando la almohada, pensando que todo era posible, que de hecho todo iba a suceder tal y como lo soñara aquella noche de cientos o miles... cuando aprendía apenas a caminar en lo incierto sin saber nada, antes incluso de entonces, cuando aún nada había ni siquiera sucedido.

Puede que empezara a hacer cosas de mayores demasiado pronto y sin embargo, aún tengo tanto que crecer, que hacer, que vivir, que aprender...

Ya casi es de noche, aún no cerrada.

Como escuché ayer al protagonista de una película... "tras seis veranos y dos millones de años".

Océano Mar.

martes, 8 de febrero de 2011

"Strange Day"

1989, Mesy, recuperado tras un extraño exilio
Suponía -mientras se desnudaba para entrar en la ducha- que llevar como pijama una camiseta negra en la cual rezaba "you are now entering Free Derry" -ya convertida en casi trapito de tantos años y regalo de un ser más que querido de una tierra donde nunca estuvo- no la animaba al mirarse al espejo por más cariño que le tuviera (cuando se la regalaron era una niña, ni entendía qué era "Derry", ni "Free", y casi ni "entering").

Fotograma de "Celebrity", Robin, personaje central, en una clínica estética

Ni eso, ni su cara de Judy Davis interpretando a Robin en "Celebrity" de Woody Allen antes de conseguir su "feliz y exitoso final". Ambas cosas se reflejaban en su rostro como la losa plana, blanca y aplastante sobre la cual estaba impresa aquella frase... Lo que habitaba el envés de su pecho 20 años después se parecía (sí), en cierto modo a una especie de Robin habitando en un absurdo y semi cómico  "Free Derry" y sintiendo próximo el no por ello menos trágico "Domingo Sangriento".

Tampoco su larga bata gris de andar por casa.
Ni su ya escasa melena.
Ni aquella mancha incipiente en la mejilla izquierda...
...ni su bigote a lo Kalho (porque por más que la compararan con ella, con su obra y vida, Marina sólo veía con su usual optimismo como rasgo más común entre ambas el bigote, ya quisiera pintar como Frida, ya qisiera volver a pintar)... Hirsutismo. No, no venía de serie, y la pereza existencial le impedían ir a los salones de belleza donde de pronto te convierten en "toda una mujer", aunque dure lo que dura un perfecto corte y alisado de flequillo.

Y mucho menos sus ojos silenciosos e incoherentes, embusteros, traidores, color miel de la flor de la muerte.

Marina se planteaba muchas cosas. Marina nunca cesaba de plantearse cosas. Una pared en blanco era un mundo en el que perderse, un agujero negro por el que caer según qué días, o un rosario de brillos solares y proyectados espejismos mágicos según qué otros. Ya le dijo un gran compañero que padecía de "horror vacui" años atrás, entonces se refería a su obra pero a esas alturas sabía que ese horror ocupaba toda su vida.

Salió de la ducha, escribió unas palabras recién paridas antes de que se borraran para siempre de su lesa memoria y se vistió, de negro y gris, para comer con su madre.

El día -al contrario que ella- lucía radiante y soleado aunque hacía más frío de lo que imaginó estando aún en casa y su nuevo abrigo (corte militar, tres cuartos, negro con ribetes grises) parecía haberse estrechado para no conseguir abotonarse... Cuando se lo probó en la tienda una semana antes estaba perfecto, las tetas no le habían crecido de golpe pensó mientras se las miraba, pero aquella nueva mutación de su talla formaba parte de su irracional rutina así que decidió no cabrearse por ello, al fin y al cabo era una compra producto de un cabreo producto de la última visita de rutina al médico de cabecera y del resultado de unos análisis... rutinarios.

El 2 tardaba demasiado así que decidió parar un taxi mientras Murphy y su ley aplastante se aparecían en forma de carro rojo para trasportar personas de un lugar a otro de la ciudad llamado autobús, justo detrás, el 2 llegaba a la par que ella se introducía en el taxi. Por supuesto le pillaron todas las obras del momento por el camino, daba igual, tampoco llevaba prisa.

Antes de abrir la puerta con su llave llamó al timbre para avisar de que entraba -mera formalidad-, su madre estaba sentada al sol en aquella magnífica terraza y tras soltar el bolso, las gafas negras y las llaves fue a besarla, se hincó literalmente de rodillas entre sus piernas y la abrazó largamente dejando descansar el rostro sobre su infinito pecho caliente.

Y así se quedó, recreándose en la desgraciadamente olvidada estancia en su útero, en aquellos días en los que lo sabía todo pero aún no sabía nada, en los momentos en los que aún gestándose el mundo no existía, ni el presente, ni el tiempo, ni el espacio, ni su camiseta, ni Robin, ni ningún domingo sangriento... Tan terrible es traspasar la puerta que tenemos que olvidar y ser capaces de vivir aún sin entender nada ...

Ninguna enfermedad degenerativa o letal podía llegar a ser tan cruel como la propia psique y aquel y no otro era el peor de sus problemas, la psique humana... esa que no se sabe cuándo empieza a formarse ni a adquirir calidad de sustantivo. Quizás el horror al vacío desde su infancia le había llenado el alma de monstruos, algunos tan terribles y otros tan asombrosos y bellos, tan queridos. Esa capacidad para absorver y digerir sensaciones lejanas, cercanas, reales o ficticias, para sentirlo todo al mismo tiempo; precioso don, cruel imposible posible en ella. Pero el peor de los monstruos, sentía, era su propio ser obsesionado desde la cuna en no perder a la niña, estaba segura de que aquello era muy importante, demasiado importante, de que tenía un sentido fundamental que no debía desdeñar, y en ello se había dejado la piel durante décadas. Y bien le había merecido la pena forjar aquel sueño, aquella utopía que aparentaba no tener fundamento alguno, pues hacía poco que toda esa lucha infinita le había sido devuelta en forma de victoria, de meta alcanzada, de magia en estado puro.

Así que apartarse de la idea de que el mantenimiento continuo del los deseos más profundos nos lleva a encontrarlos era imposible. Esa utopía indescifrable la acompañaría siempre por más que ninguna lógica terrenal y/o humana quisera explicarla, defragmentarla, por más que su mente fuera analizada o clasificados su pensamientos esa parcela era suya, era ella misma, inseparables.

Nadie puede diseccionar el corazón del alma.

Esa parte de si misma disfrutaba en fiera batalla por su imperativa existencia y para ser justos, era, de las dos, la que más alegrías le había aportado a lo largo y ancho de su vida.

Leyó algo parecido a: "... no sé en que momento me desintegré y comencé a sentirme extraño, a vivir la vida de otra persona...". Marina iba más allá, no se reconocía en ninguna vida en concreto pero sí sentía como saltaba de una a otra sin poder controlarlo, desde siempre, la luz y la oscuridad sin término medio y la lucha incesante por el gris en la búsqueda de un equilibrio que le solía durar lo que una mañana soleada en pleno invierno. Pero es que ya sabía demasiado, ya había visitado la cara oculta tantas veces que formaba parte de ella. 

Su cuerpo no ayudaba en absoluto en ese plan recién parido para controlar la oscuridad y sus seres, su cuerpo la vejaba, la aplastaba, le robaba el aliento y les otorgaba más poder de la cuenta en el campo minado que era toda su piel y lo que ésta cubría. A pesar de los inconvenientes sólo hacia adelante había camino, con maletas de pasado reciclado ya en la esencia misma de sus entrañas, ni si quiera tenía que mirar atrás para recordar, no había nada que recordar, era consciente de que en determinados momentos, pasado, presente y futuro eran vividos a la vez, respirados como una sóla cosa.

Imposible poner nombre a ese sentimiento.

Su vida a veces era un eterno luto cargado de dulzura y armonía por algo que nunca llegó a morir: la niña, ella y todos sus sueños indescifrables.

En cualquier caso, aquella tarde ya se sentía demasiado sumida en la sensación de estar perdida dentro de si misma, completa y absolutamente perdida, sin control.

Tras varias horas en la que una vez fue y seguiría siendo su casa, en aquella terraza sempiterna (quizás el único lugar real donde casi podía palpar físicamente el Aleph, aquel espacio de cielo que la acompañara de siempre lleno de sol, de sueños, de melancolía, de soledad, de esperanza, de espera, de amor y de odio, de visones y señales, aquel extraño altar de santos ya conocidos, malditos y benditos) sólo la asquerosa química efectiva y certerá logró ahogar al bello monstruo de nuevo ya rozando la noche.

Rendida ante la evidencia y en absoluto contenta por ello,agotada, al menos aquella angustia incontrolable pareció disiparse sumiéndola en una extraña paz parecida al vacío una vez más.

"Pastillas para no soñar", pero es que sus sueños eran tan intensos, su capacidad para captar ondas desde lugares imposibles tan abrumadora que casi al borde de los cuarenta y con ese machacado cuerpo, las embestidas de la imaginación y su belleza eran temporales cargados de olas que sólo conseguían abandonarla lesa en orillas desconocidas, y el regereso cada vez se hacía más doloroso y cansino.

Su cuerpo no era recipiente lo suficientemente inmenso para su alma, y el alma le salía por cada poro de la piel tratando de seguir el camino hacia el ya transitado horizonte de la luz y la esperanza cumplidas.

No había cura para ello. Y tampoco quería encontrarla -creía y temía-. Sólo el equilibrio tenía llaves para esa puerta, sólo el equilibrio era solución.

No se puede tener todo... Aunque a veces sintiera que tenía más de lo que podía soportar.

"Debo combatir esta enfermedad, encontrar una cura".




"... Y caigo de nuevo en un extraño día..."
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